BRUNO SCHULZ: EL PAÍS TENEBROSO Bajo el título Bruno Schulz: El país tenebroso, esta primera exposición española en torno a Bruno Schulz (Drohobycz, 1892-1942), comisariada por la historiadora del arte polaca Monika Poliwka, y organizada conjuntamente por el Círculo de Bellas Artes y el Museo de Literatura Adam Mickiewicz, de Varsovia -de su equipo, hay que mencionar a Lukasz Kossowski, asesor de la muestra, y la colaboración de Anna Lipa-, propone una visión de conjunto sobre su universo literario y plástico, con especial incidencia en su álbum de veinte grabados de comienzos de los años veinte "El libro idólatra", realizados por el procedimiento del cliché-verre, y en los dibujos que se corresponden con sus dos libros publicados, ambos fascinantes, "Las tiendas de color canela" (1934) y "Sanatorio bajo la clépsidra" (1937), integrados por relatos que empezó a escribir alrededor de 1925, en diálogo con unos pocos amigos verdaderos, escritores poco conocidos, como Wladyslaw Riff o Debora Vogel. Judío nacido en la mítica Galitzia, hombre de la frontera, Bruno Schulz habita un territorio incierto. Ciudadano austrohúngaro al nacer, su idioma principal fue el polaco, aunque también sabía el alemán - escribió en él uno de sus relatos, se carteó con Thomas Mann y Joseph Roth, y trató a Sigfried Kracauer-, y sus antepasados hablaban el yidish. Durante la mayor parte de su vida adulta, conoció una Polonia nuevamente independiente. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, vivió sucesivamente bajo el terror soviético, y el nazi, sucumbiendo a este último, asesinado en la calle por un SS. Hoy Drohobycz, es ukraniana, y ni resto queda del cementerio donde el escritor-pintor fue enterrado. Profesor de dibujo, Schulz residió prácticamente toda su vida en su ciudad natal, próxima a Lwów. Viajó poco: fuera de las fronteras de su país, tan sólo a la Viena de finales del Imperio, donde completó su formación y le fascinaron los Velázquez del Kunsthistorisches Museum, a Suecia en 1936 para un viaje de tres días, y a París en 1938 para una estancia de tres semanas, que le dejó un amargo sabor de boca. El país tenebroso que el solitario Bruno Schulz construye en sus libros, en sus grabados, en sus dibujos, en su único cuadro conservado - que figura en la muestra- es una provincia universal y metafísica, con raíces simbolistas, contemplada con ojos de niño -Schulz es un escritor y un pintor de la memoria, que, por decirlo con sus propias palabras, quería "madurar en la infancia"-, y que puede ser comparada con las construidas por otros raros centroeuropeos, como Alfred Kubin o el propio Franz Kafka, ambos muy admirados por el polaco. La provincia en inquietante calma, las tiendas de color canela y los objetos que se venden en ellas, el laberíntico interior de la casa paterna y los de algunas otras, las calles -a menudo con algo de chiriquiano- de la ciudad y entre ellas la de los Cocodrilos -que simboliza el progreso y la modernización del comercio y de la vida-, las calesas girando y girando, el sanedrín de los rabinos, el paso de las estaciones, los álbumes de sellos, los viejos semanarios y sus anuncios, cobran, tanto en su escritura como en sus figuraciones, una vida singular. Singulares son también la visión del padre por Schulz, y su erotismo: mujeres dominantes, hombres rampantes -muchos de ellos con algo de perruno-, escenas como salidas de "La Venus de las pieles", de Leopold Sacher-Masoch, otro creador procedente de Galitzia. No pocos estudiosos han subrayado las concomitancias de esas visiones schulzianas, en las que por lo demás encontramos abundantes -e impresionantes- autorretratos, con las de Balthus o su hermano Pierre Klossowski. Aunque vivía en su retirada provincia y tan sólo publicó dos libros, estos le valieron el pronto reconocimiento de los mejores, entre los que cabe destacar a otros dos raros, Stanyslaw Ignacy Witkiewicz, y Witold Gombrowicz. Póstumamente, su fama se ha consolidado universalmente. El "club de fans" schulziano incluye a la mayor parte de los escritores polacos de las siguientes generaciones, de Tadeusz Kantor a Adam Zagajewski, pasando por Zbigniew Herbert, pero también a Isaac Bashewis Singer, Maurice Nadeau, John Updike, Angelo Maria Ripellino, Bohumil Hrabal, Cynthia Ozyck, Sergio Pitol, Danilo Kis... Junto a la de Schulz, se propone la obra plástica de tres de sus predecesores polacos, Wojciech Weiss, Witold Wojtkiewicz, y el citado Stanislaw Ignacy Witkiewicz, la de un artista contemporáneo que se inspira en él como es Jan Lebenstein y, a modo de gabinete, la de algunos de los artistas europeos que integraron su museo imaginario: nuestro Francisco de Goya -la exposición se celebra en la sala que lleva su nombre: podría decirse pues que Schulz visita a Goya-, el belga Félicien Rops, el británico Aubrey Beardsley, y los alemanes Max Klinger y George Grosz. Es la primera vez que se puede contemplar en España una panorámica completa en torno al universo schulziano. Hasta ahora sólo se había visto obra plástica suya, en las muestras "El poeta como artista" (CAAM, Las Palmas de Gran Canaria, 1995) y "La palabra pintada "(Es Baluard, Palma de Mallorca, 2006). En cuanto a su obra literaria, ha sido editada aquí por Barral, Siruela y Maldoror, pero actualmente tan sólo los títulos de esta última se encuentran vivos. En el catálogo, que es el más completo instrumento existente en castellano para adentrarse en el rico y complejo universo schulziano, escriben Monika Poliwka, Lukasz Kossowski, Irena Kossowska, Serge Fauchereau -uno de los más destacados estudiosos europeos de Schulz- y el pintor español Sergio Sanz, este último en nombre de los no pocos creadores españoles actuales, que se reconocen en las cavilaciones schulzianas. La exposición está realizada en cooperación de la Embajada de Polonia en Madrid.
|